Tan poca vida, de Hanya Yanagihara

sábado, 17 de septiembre de 2016


"Creo que el único secreto que tiene la amistad es dar con personas que sean mejores que tú, no más listas ni más populares sino más buenas, más generosas y más compasivas, y valorarlas por lo que pueden enseñarte, escucharlas cuando te dicen algo sobre ti, por malo (o bueno) que sea y confiar en ellas, que es lo más difícil de todo, pero también lo mejor
."

¿Es ecuánime y nítida la frontera entre el amor y la amistad? ¿Es la existencia del deseo sexual lo único que los diferencia? Muchos dirán que el amor, después de su culminación, cual fuego artificial en un cielo oscuro, se hunde para siempre en un mar de monotonía y responsabilidades, mientras que la amistad es más discreta, persistente y duradera, como las estrellas. ¿Pero todas las amistades y todos los amores son así? ¿No será que las emociones y los sentimientos, caóticos e impredecibles por definición, no se pueden amoldar a la obsesión humana de clasificarlo todo? Inconscientemente definimos el amor como un sentimiento superior, más noble, de alguna manera, que la amistad. Sin embargo, yo no veo que la amistad verdadera (confianza, lealtad, ayuda, empatía, generosidad y constancia) sea inferior de ningún modo. En mi cabeza ambos sentimientos se mezclan y se confunden. Para mí, mi pareja es mi mejor amiga. Y es que, al igual que en el amor, la amistad se prueba cuando sigue igual de sólida y fuerte, aun cuando uno se equivoca, cuando uno es injusto con el otro.

Cuando tuve la oportunidad de estudiar en Canadá, ahora hará un año, vi en todas las librerías un libro con muchas páginas titulado A little life, finalista del Man Booker Prize y del National Book Award. Aunque desde el principio me llamó la atención no me animé a leerlo en inglés por su longitud y porque tenía muchos libros en la lista de espera. Sin embargo, a la que me enteré que Lumen publicaba esta obra, que según muchos medios internacionales es la mejor novela del año, me lancé a ella irremediablemente. Hoy os traigo Tan poca vida, de Hanya Yanagihara.

Novela de ajedrez, de Stefan Zweig

domingo, 11 de septiembre de 2016


"Ya durante los últimos movimientos me había parecido observar en él una palidez cada vez mayor. Pero supo dominarse. Continuaba manteniendo su rigidez aparentemente indiferente. Mientras retiraba con mano tranquila las piezas del tablero preguntó con displicencia:
- ¿Desean los señores una tercera partida? 
Hizo la pregunta en tono completamente desapasionado, mercantil. Pero lo curioso fue que no miró a McConnor, sino que alzó la vista con aspereza y precisión en dirección a nuestro salvador. Igual que un caballo reconoce un mejor jinete por su postura más firme, Czentovic debía de haber hecho lo mismo en las últimas jugadas con su verdadero, su auténtico adversario. De modo mecánico seguimos su mirada y alzamos la vista hacia el desconocido."

Miro el calendario de este humilde blog y descubro que desde principios de febrero no leo nada de Stefan Zweig. Del que fue mi descubrimiento del pasado año y de quien leí tantas novelas cortas sumido en una especie de fiebre lectora, no había rastro en este 2016, más allá de la reseña de La impaciencia del corazón, novela que me apasionó como todo lo que escribió este hombre. Así, he decidido poner fin a tantos días seguidos sin hablaros de este experto del alma humana, este escritor europeísta empedernido que con tanta destreza desnuda al lector a través de sus historias y sus personajes. Hoy os traigo Novela de ajedrez, de Stefan Zweig (Zweig no le dio muchas vueltas al título por lo que se ve).

El noviembre de Kate, de Mónica Gutiérrez

lunes, 5 de septiembre de 2016



«Vivir es una aventura si estamos atentos a los detalles. Los pequeños detalles son las bisagras del universo.»

El blog de Mónica, Serendipia, fue de los primeros que conocí al entrar en la blogosfera literaria y, sin duda, a día de hoy es uno de los blogs que más sigo y admiro. Es por esto que, cuando me enteré que había escrito una novela y Roca Editorial la publicaba no me lo pensé ni un momento. Hoy os traigo un libro para leer en uno de esos días de lluvia y café, hoy os traigo un libro que os hará sentir muy bien. Hoy os traigo El noviembre de Kate, de Mónica Gutiérrez.

La larga marcha, de Rafael Chirbes

lunes, 15 de agosto de 2016


“Pero Carmelo Amado no entró nunca más por la puerta de casa, ni se sentó a la sombra del castaño a tocar aquella armónica (Hohner: llevaba grabada la marca en la funda y también en el lomo reluciente del instrumento. ¿Seguiría sonando en algún lugar la armónica que desapareció con él?, ¿quién soplaría en ella?, ¿qué manos la sostendrían?, ¿qué música emitiría?), ni animó con su conversación las veladas de invierno junto a la chimenea. Ni siquiera en forma de noticias volvió su recuerdo. Nada más que un documento emborronado con sellos oficiales en el que podía leerse la expresión «desaparecido en combate». Eso fue todo lo que la resaca de la lejana guerra les devolvió de él. Unas tristes manchas de tinta. Un nombre y algunas frases oscuras. Nada más. Ellos siguieron esperándolo durante meses, pero concluyó la guerra, y no regresó.”

Hoy hace un año nos dejaba Rafael Chirbes, Premio Nacional de Narrativa, para muchos una de las plumas más potentes de España y también una de las más injustamente ignoradas por los lectores. Ya hacía tiempo que quería leer algo suyo, y para hacerlo decidí hacerme con la primera de sus grandes novelas, publicada en 1996. Hoy os traigo La larga marcha, de Rafael Chirbes.

La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza

jueves, 11 de agosto de 2016


"Los primeros días, aprovechando que se prolongaba el hecho causal de no acudir ni un solo cliente a la peluquería, me dediqué a limpiar y a poner orden en el local. Con el mango de la escoba ahuyenté a las ratas que se habían instalado allí, y a puntapiés a los gatos tiñosos que habían llegado con aquéllas a un ignominioso pacto de no agresión. A base de zapatazos constreñí a pulgas, chinches, liendres, cucarachas y escolopendras a cambiar de domicilio. Eliminé las sanguijuelas que habían encontrado acomodo en los bigudíes. Lavé toallas, batas y paños en una fuente pública, amolé las tijeras en el bordillo de la acera, encolé las púas de los peines..., ¿para qué seguir? Trabajaba de sol a sol y mi cuñado, para demostrar que tenía depositada en mí plena confianza, me dejaba solo toda la jornada. A la hora señalada echaba el cierre y lo iba a buscar a uno de los nueve sex-shops que festoneaban la manzana y en cuyos sosegados y umbríos recovecos Viriato proseguía sus estudios de filosofía con tal ahínco que a menudo debía llevarlo a rastras a su casa, pues se hallaba en un estado de meritoria emaciación."


Estaba yo el otro día en una cena a casa de unos amigos, ayudando con viajes sucesivos de la cocina al comedor, cuando me paré a contemplar la pequeña biblioteca que tienen en el pasillo. Cuando la anfitriona, conocedora de mi pasión por los libros, me vio, me sonrió y confesó que eran las lecturas de su padre, a quien le encantaba especialmente Eduardo Mendoza. "¿Qué te parece este escritor?", me preguntó. Y me quedé mirándola sin saber qué contestar. ¿Me gusta Eduardo Mendoza? ¿Qué pesa más, lo que me gusta o lo que no de él? Le di una contestación neutral -"Es un buen escritor"- y cambié de tema -"Me encanta Truman Capote, veo que tu padre ha leído "A sangre fría"-, pero la verdad es que esa pregunta me hizo reflexionar sobre mi relación amor-odio con Mendoza. Cierto es que solo he leído las aventuras y desventuras de su famoso detective sin nombre (de ahora en adelante, "detective loco"), y que hubieron muchas cosas de esos libros que me encantaron. Me dio por recordar algunas ocurrencias hilarantes de este extravagante protagonista y decidí que ya había pasado mucho tiempo desde que le perdí la vista. Hoy os traigo la tercera entrega de esta saga, La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza