La larga marcha, de Rafael Chirbes

lunes, 15 de agosto de 2016


“Pero Carmelo Amado no entró nunca más por la puerta de casa, ni se sentó a la sombra del castaño a tocar aquella armónica (Hohner: llevaba grabada la marca en la funda y también en el lomo reluciente del instrumento. ¿Seguiría sonando en algún lugar la armónica que desapareció con él?, ¿quién soplaría en ella?, ¿qué manos la sostendrían?, ¿qué música emitiría?), ni animó con su conversación las veladas de invierno junto a la chimenea. Ni siquiera en forma de noticias volvió su recuerdo. Nada más que un documento emborronado con sellos oficiales en el que podía leerse la expresión «desaparecido en combate». Eso fue todo lo que la resaca de la lejana guerra les devolvió de él. Unas tristes manchas de tinta. Un nombre y algunas frases oscuras. Nada más. Ellos siguieron esperándolo durante meses, pero concluyó la guerra, y no regresó.”

Hoy hace un año nos dejaba Rafael Chirbes, Premio Nacional de Narrativa, para muchos una de las plumas más potentes de España y también una de las más injustamente ignoradas por los lectores. Ya hacía tiempo que quería leer algo suyo, y para hacerlo decidí hacerme con la primera de sus grandes novelas, publicada en 1996. Hoy os traigo La larga marcha, de Rafael Chirbes.

La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza

jueves, 11 de agosto de 2016


"Los primeros días, aprovechando que se prolongaba el hecho causal de no acudir ni un solo cliente a la peluquería, me dediqué a limpiar y a poner orden en el local. Con el mango de la escoba ahuyenté a las ratas que se habían instalado allí, y a puntapiés a los gatos tiñosos que habían llegado con aquéllas a un ignominioso pacto de no agresión. A base de zapatazos constreñí a pulgas, chinches, liendres, cucarachas y escolopendras a cambiar de domicilio. Eliminé las sanguijuelas que habían encontrado acomodo en los bigudíes. Lavé toallas, batas y paños en una fuente pública, amolé las tijeras en el bordillo de la acera, encolé las púas de los peines..., ¿para qué seguir? Trabajaba de sol a sol y mi cuñado, para demostrar que tenía depositada en mí plena confianza, me dejaba solo toda la jornada. A la hora señalada echaba el cierre y lo iba a buscar a uno de los nueve sex-shops que festoneaban la manzana y en cuyos sosegados y umbríos recovecos Viriato proseguía sus estudios de filosofía con tal ahínco que a menudo debía llevarlo a rastras a su casa, pues se hallaba en un estado de meritoria emaciación."


Estaba yo el otro día en una cena a casa de unos amigos, ayudando con viajes sucesivos de la cocina al comedor, cuando me paré a contemplar la pequeña biblioteca que tienen en el pasillo. Cuando la anfitriona, conocedora de mi pasión por los libros, me vio, me sonrió y confesó que eran las lecturas de su padre, a quien le encantaba especialmente Eduardo Mendoza. "¿Qué te parece este escritor?", me preguntó. Y me quedé mirándola sin saber qué contestar. ¿Me gusta Eduardo Mendoza? ¿Qué pesa más, lo que me gusta o lo que no de él? Le di una contestación neutral -"Es un buen escritor"- y cambié de tema -"Me encanta Truman Capote, veo que tu padre ha leído "A sangre fría"-, pero la verdad es que esa pregunta me hizo reflexionar sobre mi relación amor-odio con Mendoza. Cierto es que solo he leído las aventuras y desventuras de su famoso detective sin nombre (de ahora en adelante, "detective loco"), y que hubieron muchas cosas de esos libros que me encantaron. Me dio por recordar algunas ocurrencias hilarantes de este extravagante protagonista y decidí que ya había pasado mucho tiempo desde que le perdí la vista. Hoy os traigo la tercera entrega de esta saga, La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza


Estrómboli, de Jon Bilbao

lunes, 18 de julio de 2016


«Llevábamos dos semanas en Reno cuando sorprendí al motorista con la nariz metida en las bragas de mi novia.»


El libro que os traigo hoy me llamó la atención desde la primera vez que lo vi. De acuerdo, todos los libros editados por Impedimenta me llaman la atención desde el principio. Pero este aún más de lo normal. Las conchas de la portada, el exótico título, las reseñas positivas y la contraportada llena de suculentas promesas algo tuvieran que ver. Y que adoro los relatos cortos, opino que, aunque no lo parezca, son más difíciles de escribir que largas novelas del estilo Ken Follett, Julia Navarro o Santiago Posteguillo. Me encanta lo conciso, lo intenso, lo simple, rápido y efectivo como la picadura letal de un insecto. Hoy os traigo los cuentos de Jon Bilbao en Estrómboli.

Crónicas del desamor, de Elena Ferrante

domingo, 10 de julio de 2016


Elena Ferrante ha sido, sin duda, mi descubrimiento literario de este año. No dejo de insistir a mis compañeros de clase, a mis familiares, a los lectores que me encuentro, lo repito por Twitter, en mis reseñas, en los comentarios que dejo por los blogs. Sencillamente, no os podéis permitir no leer la tetralogía de Nápoles. Es por esta pasión -u obsesión- por la pluma perspicaz de esta autora sin rostro que no pude esperar para leer lo último suyo traducido al español que me queda por leer. Hoy os traigo Crónicas del desamor, de Elena Ferrante.

Trotalibros cumple hoy cuatro años

domingo, 3 de julio de 2016


Pues sí, hoy hace ya cuatro años desde que decidí emprender esta aventura en la que sigo inmerso. Cuatro años, mil cuatrocientos sesenta días. Por aquel entonces estaba acabando el primer año del grado en Derecho, y ahora ya estoy a punto de colegiarme como abogado. Cuando empecé este blog llevaba tres meses saliendo con una chica que me tenía enamoradísimo, y ahora, después de cuatro años, se ha convertido en la persona que más me conoce y a la que más conozco yo. Simplemente no me imagino una vida sin ella. Era una época en la que nacieron muchos proyectos que han evolucionado conmigo. Todas -mi carrera, mi relación, este blog- reflejan todos mis errores, espero que alguna virtud y cómo he crecido a través de estos años.

Querría aprovechar este pequeño espacio entre reseña y reseña para contaros lo importante que es esto para mí. Aunque siempre me ha apasionado leer, la verdad es que no tengo un solo amigo con quien compartir esta pasión, con quien comentar lecturas, recomendar libros, explorar librerías y asistir a eventos literarios. Trotalibros ha supuesto para mí la oportunidad de conocer a muchísimas personas -algunas lejanas, otras más cercanas- que viven esta misma pasión por la lectura. Son miles las anécdotas, miles los comentarios, miles los pequeños proyectos blogueros, sean retos, lecturas conjuntas o iniciativas.

Cuando el 3 de julio de 2012 nació este blog estaba lejos de ser lo que es hoy. A través de estos años ha ido creciendo, me habéis aportado muchísimas ideas y, por suerte, me habéis corregido las veces (no pocas) que he metido la pata. A veces me cuesta encontrar tiempo libre para escribir una reseña o encontrar la fotografía ideal para encabezarla, pero cuando leo vuestros comentarios, o entro en otros blogs y me voy con un libro más en mi infinita lista de lecturas pendientes siento que esto vale la pena de verdad. Mil veces he estado a punto de tirar la toalla, en esos momentos de desolación en los que siento que tengo que quitar carga, cual barco pirata perseguido por las naves inglesas cuya tripulación tira barriles de ron al mar para ganar velocidad. Pero, a parte de esa necesidad que siento de, cuando acabo de leer un libro bueno, salir a la plaza y chillar a los cuatro vientos que la gente lo lea, siempre hay algún comentario, algún email, algún tweet que me recuerdan que hay alguien en esa plaza que responde a mi llamada.

Estos cuatro años me he sentado en el trono de hierro, he volado cometas en el cielo junto a Amir y Hassan, he visto a Winston atreviéndose a pensar fuera de la mirada omnipotente del Gran Hermano, a Duroy seduciendo a mujeres en París para conseguir poder y a un padre y a un hijo recorriendo una carretera sin fin. He olido a través del olfato prodigioso de Grounille, he visto a Aureliano Buendía conociendo el hielo, a un niño pintando pájaros, a Gregor Samsa despertando transformado en un enorme insecto. He vivido la persecución de Santiago al gran pez y la del capitán Ahab a la gran ballena. He visto a Dorian Gray mirándose al espejo, a Jean Valjean huyendo de su pasado, a Pi y al tigre contemplando la tierra desde su barca como Frodo contempla el anillo único. He asistido a las fiestas de Gatsby, he visto a los Perdedores enfrentándose a Pennywise el Payaso, a Pereira preocupado por Rossi. Conozco la verdad del caso Harry Quebert, he hecho un road trip con Dean Moriarty y otro con la familia Joad, he contemplado, junto a Will Andrews, a los bisontes correr en tierras salvajes. He visto por primera vez Barcelona desde la Estación de Francia junto a Andrea. Lo he amado en silencio, aunque él no me conozca ni sepa nada de mí, he lucido la letra escarlata, he temido a la mulata de tal, a Drácula y a Frankenstein, he escuchado las voces de Chernóbil, he seguido los pasos de Gengis Kan por las llanuras mongolas y he visto crecer a Lena y Lila en un barrio pobre de Nápoles.

Gracias por acompañarme en todas y cada una de estas y muchas otras aventuras. 

Sigamos trotando libros muchos años más.