La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne

miércoles, 25 de marzo de 2015

"En cualquier caso, los espectadores adoptaban siempre la misma actitud solemne, como cuadraba a un pueblo para el cual la religión y la ley eran casi los mismos, y cuyas instituciones estaban tan completamente entremezcladas, que tanto los más severos como los más simples castigos públicos se convertían en ceremonias"
Parece mentira que ya estemos en la tercera parada del viaje iniciado con motivo del reto Trotalibros. En él cada mes hacemos una parada en algún lugar a través de los libros. Marzo lo hemos dedicado a una región localizada en el noreste de Estados Unidos, que hoy componen los estados de Maine, Nuevo Hampshire, Vermont, Massachusetts, Rhode Island y Conneticut. Se trata de Nueva Inglaterra. Ese territorio debe su nombre a que fue donde se establecieron los primeros colonos británicos, desde el desembarco del buque de Mayflower en 1620. Y un servidor ha elegido estos inicios para visitar los paisajes vírgenes y otoñales de este paraíso americano, donde los pueblos ingleses malconvivían con los indios, donde alejarse de la costa significaba enfrentarte a lo desconocido y salvaje. Hoy os traigo La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne.

La historia arranca con el juicio público a Hester Prynne en la plaza de la Boston incipiente y puritana de mediados del siglo XVII. Se le acusa de adulterio al tener una hija ilegítima mientras su marido no había llegado aún a América. Hester es condenada a lucir la letra escarlata "A" de adúltera en el pecho para lucir su vergüenza para siempre. Aunque jueces, magistrados y reverendos interpelan en numerosas ocasiones a Hester para averiguar quien es el padre de su hija, Pearl, la mujer se niega a desvelarlo. Incluso ante las adversidades que le impone a través de los años un pueblo severo, rígido e inflexible, Hester demuestra continuamente una valentía, una dignidad, una lealtad y una resignación extraordinarios que incluso le hará valer la admiración de la misma comunidad que la abomina.

Si algo odiamos los lectores es reconocer que conocemos un libro gracias a una película (y no al revés), pero la verdad es que el primer contacto con esta historia fue por la adaptación cinematográfica de 1995, interpretada por Demi Moore y Gary Oldman. Aunque la película no me gustó, me llamó la atención la sociedad de Nueva Inglaterra de esa época, los primeros pobladores que desembarcaron al Nuevo Mundo con la idea de construir una comunidad ascética desde sus raíces, lejos de los pecados de Europa, una nueva Jerusalén. En esta sociedad los juicios son morales y religiosos y se inmiscuyen en los asuntos privados de sus ciudadanos. Por eso yo, estudiante de Derecho, elegí este libro para esta parada del reto Trotalibros. Y me ha sorprendido mucho y gratamente por dos razones.

En primer lugar mencionar que la novela es completamente diferente a la película. Por un lado la adaptación cinematográfica se centra en el amor prohibido previo al juicio severo del pueblo de Boston (lo que vende; mucho sexo apasionado y frases empalagosas). En cambio, la novela original de Hawthorne arranca con el juicio y se centra en la vida de Hester Prynne después de la condena, sin que el personaje del padre (al que a lo largo de la reseña pienso mantener en el anonimato para no hacer ningún spoiler, aunque solo hace falta leer la sinopsis o ver el trailer para descubrirlo) tenga tanto protagonismo. Por decirlo de alguna manera, la película se centra en el a priori del juicio y la novela en el a posteriori. Así, no estamos ante una historia de amor imposible, sino ante una narración que retrata la hipocresía de la sociedad centrándose en el sufrimiento de la protagonista.


En segundo lugar, lo que más me gustó del libro fue la manera con que Hawthorne retrata la sociedad de esa época y a Hester Prynne. Se trata de un libro corto y vemos como la narración se divide básicamente en dos partes: la primera es la condena de la protagonista cuyo coraje, bondad, discreción y nobleza la convierten en uno de esos personajes inolvidables que pocas veces un lector tiene la suerte de conocer. La segunda parte se centra más en el sufrimiento del padre, que no confiesa por falta de aplomo y valor, y la venganza que planea el viejo marido de Hester, Roger Chillingworth, contra él cuando finalmente llega. Pero a pesar de la importancia que le otorga el autor a la complejidad de sus personajes no descuida en ningún momento la descripción del paisaje, introduciendo incluso cierto simbolismo: mientras que el pueblo de Boston representa la severidad, la opresión y los prejuicios intocables de una comunidad cerrada, el exterior, con sus verdes bosques, sus claros riachuelos y su pureza virgen se presenta como la liberación real y natural, alejada de todo dogma ridículo instaurado por la civilización.

Nathaniel Hawthorne representa el origen de la literatura norteamericana. Si os animáis con este clásico, sobretodo, no os saltéis el magnífico prólogo de título "La aduana", que con una enigmática mezcla entre realidad y ficción (donde acaba y empieza cada una, solo el autor lo supo) nos relata el origen de la novela. El narrador, oficial en jefe ejecutivo de la Aduana de Salem (a mediados del siglo XIX), encuentra en un piso abandonado del edificio la letra escarlata y un relato de su historia escrito por un director ejecutivo. Cuando lo despiden de la organización después de tantos años de esfuerzo y dedicación se siente injustamente rechazado por la sociedad y, al sentir cierta conexión con Hester, decide escribir su historia. No tiene pérdida.

Aunque es innegable que el estilo del autor es denso y cargado, al ser más un cuento largo que una novela debido a sus pocas páginas, no se me hizo pesado en ningún momento. Precisamente lo contrario, Hawthorne consigue impregnar el relato de una musicalidad realmente impresionante. También se trata de una narración opaca, tarda en revelar los secretos, consiguiendo mantener desde la primera página la atención del lector, impaciente por saber quien es el padre de Pearl.

En conclusión, un clásico de la literatura norteamericana, un relato triste y duro, centrado en sus melancólicos personajes, que retrata la innata hipocresía de la sociedad -ayer emanaba de la rigidez religiosa, hoy aunque el origen es más sutil el resultado no es mucho mejor-. Una lectura imprescindible y más que adecuado por el pasado Día Internacional de la Mujer.


Siguiente parada: abril, Rumania.

(Fotografías tomadas en Santa Fe del Montseny)

Confusión de sentimientos, de Stefan Zweig

viernes, 20 de marzo de 2015


“Vanos fueron mis esfuerzos por tratar de tranquilizarme: como cosido en el negro saco de una pesadilla infrangible, luchaba yo con todas mis fuerzas para hallar una explicación y para salir de la misteriosa confusión de esos sentimientos contradictorios.

Admiración (del latín admiratĭo). Pocos son los elegidos que aparecen en la vida de una persona y, con su personalidad y sus acciones, cambia totalmente la perspectiva con la que observamos todas las cosas (para bien o para mal). Me refiero a esos fueguitos que no se pueden mirar sin parpadear a los que se refería Eduardo Galeano. Admirar a alguien es esto, es el anhelo constante de aprender del admirado absorbiendo cada una de sus palabras, sus gestos, sus opiniones. Idealizarlo y seguirlo como seguían los apóstoles a Jesucristo.

¿Qué nos motiva a admirar a una persona? En mi opinión, admiramos a alguien cuando vemos reflejados en ella o él el conocimiento y las cualidades de las que nosotros carecemos. Cuando en la vida nos topamos con alguien así nuestro corazón empieza a bombear una envidia sana por el anhelo de querer ser como ella o él, y esto nos lleva a contemplarlo atentamente y a pensar siempre bien de sus acciones. No son pocas las veces que acabamos ante el acantilado de la decepción cuando descubrimos que toda esa admiración que olía a aire otoñal y césped recién cortado era una quimera. Si esto sucede tardamos años en darnos cuenta de la verdadera magnitud del desengaño (una vez más, para bien o para mal) y del hecho de que aprendimos tanto con el sueño como con el despertar. Así, ¿no es algo parecida la admiración al amor? El libro que os traigo hoy es una historia de admiración entre un maestro y un aprendiz, hoy os traigo Confusión de sentimientos, (Apuntes personales del consejero privado de R.v.D.), de Stefan Zweig.

La historia arranca cuando un reconocido profesor de nombre Roland está a punto de jubilarse. En la celebración de sus sesenta años dedicados a la investigación y a la educación, con innumerables éxitos y logros, echa la mirada para atrás en busca de la persona que más influyó en él; un brillante profesor de filología inglesa que conoció en su adolescencia y que despertó en él su amor por el saber, su hambre voraz de conocimiento. Después de estar a punto de dejar los estudios su padre lo matriculó en una universidad de una pequeña ciudad de provincias y allí fue donde su vida cambió de rumbo. Dejándose llevar por la admiración ilimitada hacia su profesor se ofrece a ayudarlo a concluir la obra de su vida, pero, a pesar de que Roland lo sigue devotamente, en ocasiones el profesor se vuelve distante, frío y displicente.

Como en Carta de una desconocida o Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Stefan Zweig vuelve a demostrar su increíble empatía con sus personajes. Y volvemos a estar ante una novela corta e intensa, que está lejos de dejar indiferente a ningún lector. La única diferencia que encontré con respecto a las novelas anteriormente nombradas es que la relación protagonista del hilo argumental no es entre una mujer y un hombre, sino entre dos hombres. Sin embargo, el contraste del maestro brillante y apasionado en sus clases pero misterioso, imprevisible y lunático en su vida personal, con el alumno atormentado, inseguro e ingenuo pero también poseedor de la belleza fresca y la elegancia involuntaria de la juventud. Estos dos complejos personajes chocan en este libro de una forma tan intensa que se nos expone en todos sus niveles el laberinto de sentimientos de las personas.

El FINAL. Así, en mayúsculas. Pues no merece menos. La narración va in crescendo y culmina como no podía ser de otra forma (¿o sí?). El final, tan abierto como cerrado, tan completo como inacabado. Perfecto, inmejorable. Deja al lector incrédulo, con hambre de más, consciente de que no hay nada más digno de ser contado.

En conclusión, uno de los mejores libros que he leído. Zweig demuestra en esta historia el embrollo que suponen los sentimientos con la elegancia y la naturalidad que nos tiene acostumbrados. Una pequeña gran narración que hasta su última página, hasta su última línea, hasta la última palabra escrita no se muestra como lo que verdaderamente es: una lectura imprescindible.

“Todo espíritu nace de la sangre, todo pensamiento brota de la pasión, toda pasión del entusiasmo.”

El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez

viernes, 13 de marzo de 2015


"José Palacios, su servidor más antiguo, lo encontró flotando en las aguas depurativas de la bañera, desnudo y con los ojos abiertos, y creyó que se había ahogado. Sabía que ése era uno de sus muchos modos de meditar, pero el estado de éxtasis en que yacía a la deriva parecía de alguien que ya no era de este mundo. No se atrevió a acercarse, sino que lo llamó con voz sorda de acuerdo con la orden de despertarlo antes de las cinco para viajar con las primeras luces. El general emergió del hechizo, y vio en la penumbra los ojos azules y diáfanos, el cabello encrespado de color de ardilla, la majestad impávida de su mayordomo de todos los días sosteniendo en la mano el pocillo con la infusión de amapolas con goma. El general se agarró sin fuerzas de las asas de la bañera, y surgió de entre las aguas medicinales con un ímpetu de delfín que no era de esperar en un cuerpo tan desmedrado.«Vamonós», dijo. «Volando, que aquí no nos quiere nadie»."

De García Márquez, mi escritor favorito, me quedan muy pocas novelas para acabar su bibliografía. Me guardo las obras que me quedan por leer para más adelante, me resisto a ellas todo lo que puedo para poderlas disfrutar al máximo, me da miedo la sensación de haber leído todos sus libros para siempre. Sin embargo, cuando en un programa que ofrece la universidad sobre cooperación en América Latina encontré el título del libro que os traigo hoy en la lista de lecturas sobre la región que nos repartieron (de la que teníamos que elegir por lo menos una para comentarla), no lo dudé ni un momento. Hoy os traigo El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez. 

Simón Bolívar en sus años de gloria.
En esta novela Gabo nos sitúa en la Colombia caótica del primer cuarto del siglo XIX, lejos de las fértiles y mágicas tierras de Macondo. El Nobel de la Literatura aprovechó la idea que le dio el escritor Álvaro Mutis, a quien está dedicado el libro, para novelar los últimos días de Simón Bolívar, en que ascendió el río Magdalena hasta Cartagena, viaje del que hay muy poca documentación en contraste al resto de la vida del Libertador.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco fue quien liberó Perú, Nueva Granada y Venezuela del Reino de España y el fundador de las actuales Colombia y Bolivia. Fue un personaje histórico controvertido, tal y como lo son todas las personas realmente importantes en la Historia. Fue alabado por sus logros militares pero criticado por su ulterior gestión militar y oligarca (uno de sus más fervientes críticos fue Karl Marx).

Los libros de Historia tienden a resumir la biografía de sus actores reduciéndose a los hechos objetivos, la ideología política o sus aportaciones a la sociedad. Un resumen frío que deshumaniza a personajes como Cristóbal Colón, Napoleón Bonaparte o, en este caso, Simón Bolívar. Lo que hace Gabriel García Márquez es acercarse a él de una forma íntima, seguirlo después de sus discursos y encuentros políticos aprovechando su longeva endeblez. Estamos ante un híbrido entre novela de ficción e histórica.

El relato arranca el 8 de mayo de 1830, cuando Bolívar (o tal y como se le llama genéricamente en el libro, el General) dimite como Presidente de la Gran Colombia y dispone todo lo necesario para enfilar el río Magdalena hasta Cartagena de Indias para embarcar después hacia Europa. Nos acercamos a un Bolívar anciano, extenuado, derrotado y nostálgico de su antigua gloria y popularidad. La población de los territorios liberados, que antaño adulaban al General, hoy le tiran basura cuando lo ven, lo difaman en las paredes de la ciudad y se rebelan en armas casi periódicamente en su contra.

En un principio, debido a los antecedentes, nadie lo cree cuando Bolívar anuncia una vez más su partida pero, aunque con ciertos retrasos, acaba por cumplir su palabra. Así, al ritmo que su salud inestable le permite, emprende una travesía en barco pasando por poblaciones tales como Honda, Mompox, Barranca Nueva o Turbaco antes de llegar a Cartagena. Sus  evocaciones al pasado, llena de victorias, éxito y soberbios banquetes, son constantes y el contraste con su indigno presente me recordó al protagonista de El coronel no tiene quien le escriba, del mismo autor.
El Simón Bolívar que conocemos
en El general en su laberinto.

Haciéndose valor de un trabajo de documentación impresionante, Gabriel García Márquez nos presenta la cara más profunda de la figura del Libertador, pero además no se detiene aquí, sino que también entra en otros personajes muy afines a él que no se hallan en los libros de Historia. Por un lado tenemos a José Palacios, su fiel esclavo manumitido, la persona que tenía más acceso a él y que comprende su personalidad voluble, “lo que mi señor piensa, sólo mi señor lo sabe”. Por otro lado, también conocemos a Manuela Sáenz, una mujer astuta, valiente, apasionada e indómita, amante del General y, aunque por deseo de éste no lo acompañaba en sus campañas, fue ciegamente leal a él, tanto de sentimiento como en ideología, hasta el día de su muerte.

Aunque no aparece materialmente en la novela, Francisco de Paula Santander brilla por su silencio amenazador. Exiliado en Francia después de intentar asesinar a Bolívar, pasó de ser uno de sus hombres de más confianza (el Libertador le encargó la presidencia de Nueva Granada) a su máximo adversario o enemigo. A este personaje que se presenta como un peligro creciente, le contrasta el Mariscal Antonio José de Sucre, que encarna el apoyo y fidelidad al General. Me llamó muchísimo la atención que el objetivo último de Simón Bolívar fuera remediar las divisiones y unir Sudamérica en una sola nación, la que sería, según él, el país más poderoso del mundo.

En 1830 España tan solo mantenía en América las colonias de Cuba y Puerto Rico. Antes de que Simón Bolívar liberara los territorios que hoy componen Colombia, Venezuela, Perú y Bolivia los españoles habían explotado las tierras y la población sin piedad alguna, y este es, de hecho, el origen de la desigualdad y la violencia que aún hoy afligen estos países. Se puede percibir a lo largo de los recuerdos de Simón Bolívar la ilusión de todos los pueblos unidos para independizarse de los colonizadores, las celebraciones sin tregua para inaugurar un futuro que se presentaba brillante. Sin embargo, también aparece la decepción posterior a este éxtasis debido a los problemas internos y a los heredados de la explotación colonial. García Márquez retrata a la perfección la soberbia europea a la hora de dar lecciones a la agotada América Latina en una conversación entre Bolívar y un francés:

«El señor Constant, como buen francés, es un fanático de los intereses absolutos», dijo el General. «En cambio el abate Pradt dijo lo único lúcido de esa polémica, cuando señaló que la política depende de dónde se hace y cuándo se hace. Durante la guerra a muerte yo mismo di la orden de ejecutar a ochocientos prisioneros españoles en un solo día, inclusive a los enfermos en el hospital de La Guayra. Hoy, en circunstancias iguales, no me temblaría la voz para volver a darla, y los europeos no tendrían autoridad moral para reprochármelo, pues si una historia está anegada de sangre, de indignidades, de injusticias, ésa es la historia de Europa». 

A medida que se adentraba en el análisis iba atizando su propia furia, en el gran silencio que pareció ocupar el pueblo entero. El francés, abrumado, trató de interrumpirlo, pero él lo inmovilizó con un gesto de la mano. El general evocó las matanzas horrorosas de la historia europea. La Noche de San Bartolomé el número de muertos pasó de dos mil en diez horas. En el esplendor del Renacimiento doce mil mercenarios a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes. Y la apoteosis: Iván IV, el zar de todas las Rusias, bien llamado El Terrible, exterminó a toda la población de las ciudades intermedias entre Moscú y Novgorod, y en ésta hizo masacrar en un solo asalto a sus veinte mil habitantes, por la simple sospecha de que había una conjura contra él. 

«Así que no nos hagan más el favor de decirnos lo que debemos hacer», concluyó. «No traten de enseñarnos cómo debernos ser, no traten de que seamos iguales a ustedes, no pretendan que hagamos bien en veinte años lo que ustedes han hecho tan mal en dos mil». «¡Por favor, carajos, déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media!».

La muerte de Simón Bolívar, protagonista de El general en su laberinto.
También se refleja en esta novela uno de los problemas que comentamos en el curso de mi universidad sobre cooperación en América Latina; la inestabilidad política. A lo largo del último viaje de Simón Bolívar hacia Cartagena y su espera allí, con la excusa de estar esperando un pasaporte del nuevo gobierno, se hacen patente los conflictos políticos que se materializan en continuas revueltas, guerras civiles y sucesiones en el cargo de presidente. García Márquez lo ilustra poniendo en boca de un desilusionado Simón Bolívar:

“La América es ingobernable, el que sirve una revolución ara en el mar, este país caerá sin remedio en manos de la multitud desenfrenada para pasar después a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas”.

Es completamente imposible tirar hacia delante un país con tal inestabilidad, y este problema no ha desaparecido del todo hoy. Desde 1991 en América Latina diecisiete presidentes han dejado su cargo antes de tiempo. Bolivia y Ecuador son los que han registrado mayor inestabilidad (de estos diecisiete, seis corresponden solo a estos dos). Esto sin duda supone un obstáculo importante para el crecimiento económico. Sin embargo, hay motivos para tener esperanza; Evo Morales lleva ya casi diez años siendo presidente de Bolivia. También representa la inestabilidad política que, aunque en menor grado, aún perdura hoy en América Latina, la conversación entre Bolívar e Iturbide:

“La vaina es que dejamos de ser españoles y luego hemos ido de aquí para allá, en países que cambian tanto de nombres y de gobiernos de un día para el otro, que ya no sabemos ni de dónde carajos somos”.

No obstante, y ya que la figura principal de la novela es Simón Bolívar, no puedo obviar en lo que pretende ser una explicación de lo que dilucidé en la novela como origen de la América Latina de hoy, la poderosa presencia del Libertador en la política de Sudamérica actual. Como personaje histórico idolatrado, entre otros, el fallecido presidente de Venezuela Hugo Chávez (con Nicolás Maduro como sucesor) ganó las elecciones proclamándose bolivariano.

El bolivarianismo es una corriente de pensamiento político basada en la vida y obra de Simón Bolívar y se ha convertido en cuestión de culto en Bolivia, Colombia, Perú, Ecuador, Panamá y Venezuela. Aunque, a mi parecer, pervertido por el desgaste del uso demagogo de los líderes políticos, la esencia del bolivarianismo se basa en el fin último del Libertador: la unión de los pueblos sudamericanos en una gran república. El mismo Simón Bolívar proclamó: “Divididos seremos más débiles, menos respetados de los enemigos y neutrales. La unión bajo un solo gobierno supremo, hará nuestras fuerzas y nos hará formidables a todos”.

En conclusión, aunque a nivel narrativo y de contenido literario no es la novela de Gabriel García Márquez que más me ha gustado, se refleja a la perfección una América Latina dividida, enfrontada e inestable. Una nación que se despierta del éxtasis de la independencia y empieza a dilucidar sus problemas internos (en parte herencia de los horrores del colonialismo). Además, brinda la oportunidad de acercarte a una figura tan misteriosa, singular y contradictoria como es Simón Bolívar: humilde y altanero, patriota y envidioso de otras patrias, risueño y nostálgico, soñador y melancólico, apasionado y voluble; un paradigma del carácter de América Latina.

“Carajos”, suspiró. “¡Cómo voy a salir de este laberinto!”



(Esta reseña, como habréis notado, ha sido diferente de las que suelo hacer, y es que, aunque adaptado, es el comentario de texto que he entregado en el seminario de Cooperación de América Latina y busca relacionar el libro elegido con lo estudiado en dicho curso. Aprecio muchísimo vuestra opinión -especialmente de los trotalibros que sois de allí- sobre "el laberinto" en el que se halla Latinoamérica, su problemática social, económica y política.)


Los asesinos del emperador, de Santiago Posteguillo

martes, 10 de marzo de 2015

"- No se puede matar al emperador de Roma -les respondió Trajano, pero los senadores apretaban los dientes y callaban. Marco Ulpio Trajano, gobernador de Germania, leyó el miedo en el rostro de aquellos senadores y comprendió que la decisión ya estaba tomada. Nada ni nadie podría detenerlos"
El viaje continúa. Con las últimas furias del invierno llega febrero, y con él los participantes del reto Trotalibros, hacemos parada en la ciudad de Roma. A la hora de elegir una lectura para ilustrar una ciudad con tanto encanto pero, sobretodo, con tanta Historia, no dudé en elegir la novela que abre la última trilogía de un escritor valenciano que cada novedad suya supone un fenómeno en el mundo literario. He decidido guardarme la ciudad actual por otro viaje, esta vez he preferido visitar la Antigua Roma. Hoy os traigo Los asesinos del emperador, de Santiago Posteguillo.

Roma, siglo I d.C. El Imperio está en perpetuo riesgo de desaparecer. La cada vez más peligrosa presión de los bárbaros en las fronteras y la inestabilidad política causada por la continua sucesión de emperadores incapaces avecinan lo peor. Con ese telón de fondo conocemos al emperador Tito Flavio Domiciano, un hombre vil, paranoico y egoísta que no confía en nadie por temor de que lo asesinen. De las semillas del odio y la sed de venganza hacia su persona nace una conjura para acabar con él y su mandato cruel, pero no será fácil esquivar la guardia pretoriana. Domicia, la torturada emperatriz, un grupo de gladiadores en busca de la libertad y Partenio, el consejero imperial, son piezas de la conspiración. Por otro lado, el leal y sabio Marco Ulpio Trajano, que pasará a la Historia por ser el primer hispano en ser emperador de Roma y el que verá el imperio en su máxima extensión, consiguió con destreza sobrevivir a esos años en que el emperador asesinaba a todos aquellos que destacaban en política o en el ejército, temeroso de perder el poder.

Santiago Posteguillo tiene la habilidad de novelar la Historia. Sabe seleccionar la información, incluir lo interesante y expulsar lo innecesario para hacernos vivir los acontecimientos históricos en primera persona, acercándose de una manera íntima a los múltiples personajes. Consigue un equilibrio perfecto entre acción y descripción, aportando intriga en el hilo argumental. Ya lo hizo en La noche en que Frankenstein leyó el Quijote y lo ha vuelto a hacer en este imprescindible de la literatura histórica. Estamos ante un libro muy largo, pero que engancha desde la primera página. Se trata de una narración que funciona, con una ambientación privilegiada de la Roma que soñaba con sus épocas más doradas, cuando tenían menos territorio pero no sentían el aliento de sus enemigos en la nuca.


La acción de Los asesinos del emperador transcurre entre los años 63 y 99 d.C. y a lo largo de todo este tiempo el lector será testigo de grandes acontecimientos de leyenda. El asedio de la ciudad de Jerusalén (origen del Muro de las Lamentaciones), la destrucción de Pompeia por la lava del Vesubio, la vida y muerte de San Juan, la construcción del Coliseo... Y, a mi parecer, lo mejor de todo; el juego de tronos de Roma. Las conspiraciones se suceden, nunca nadie sabe quien va a ser el que hunda el cuchillo en el pecho del emperador. Son momentos de crisis política, encarnada por el emperador que duró más en esos años, Domiciano. Su figura oscura contrasta directamente con la de Trajano, protagonista de la que será una trilogía, aunque en este primer volumen no empieza a tener un papel relevante hasta el final. El trabajo de documentación del autor es incuestionable.

Se trata de un libro largo dividido en ocho partes, cada uno con sus respectivos capítulos cortos. Si tuviera que destacar un personaje no sabría a cual elegir, pues en todos se profundiza muchísimo. Santiago Posteguillo se esfuerza mucho y emplea muchas páginas para que entendamos las acciones de sus personajes, y no es poca cosa teniendo en cuenta que vivieron hace dos mil años. Nos encontramos ante un mosaico que nos permite seguir los momentos clave de los personajes que, en aquellos años, movían los entresijos del poder del Imperio.

En conclusión, estamos ante un bestseller con todas sus letras: largo, que engancha, de ritmo cinematográfico y sin entrar en complejidades a la hora de narrar. Pero, además, una novela con la que el lector aprenderá muchísimo de aquellos años de la Historia sobre la que tan pocos documentos escritos conservamos y de la cambiante sociedad romana.

Fotografías tomadas en La casa dels dofins: una domus de finales del siglo I a.C. situada en la parte alta de la antigua ciudad de Beatulo (hoy Badalona). Agradecimientos al personal del museo de Badalona.

Siguiente parada del viaje: marzo, Nueva Inglaterra.

Carta de una desconocida, de Stefan Zweig

martes, 3 de marzo de 2015


"Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio. Igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora."

Que las novelas cortas proliferan cada vez más es un hecho (con sus excepciones con nombres y apellidos como Santiago Posteguillo, Julia Navarro, Ken Follett o Dona Tartt). Parece que hoy en día la mayoría de lectores buscan historias rápidas, que compitan con la fugacidad de una película, que el que lee no tenga tiempo de aborrecer a los personajes ni a la historia. Me resulta inevitable relacionar este fenómeno con la sociedad contemporánea, prepetuamente impaciente y con prisas. Solo hace falta ir al centro de Barcelona para ser testigo de los insultos que se profiere la gente en pos de llegar antes a ninguna parte, como insignificantes pero gruñones conejos blancos sin País de las Maravillas al que dirigirse, pero siempre atentos a algún reloj omnipresente cual mirada vigilante del Gran Hermano. Hoy os traigo una novela corta -cortísima- pero de una calidad extraordinaria, hoy os traigo Carta de una desconocida, de Stefan Zweig.

Nunca me han gustado los libros que veo colocados en la estantería centrada en el género romántico de las librerías. Nicholas Sparks, Danielle Steel, Federico Moccia, Nora Roberts, Megan Maxwell... Soy de la opinión de que, si se quiere leer una historia de amor realista y de calidad, uno debe huir de ese rincón lleno de títulos untuosos, colores suaves y sinopsis empalagosas y buscar en la estantería general, donde se pueden encontrar verdaderas joyas del género. Por mi parte, siempre he proclamado a los cuatro vientos que mi historia de amor favorita es El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Después de leer esta obra de Stefan Zweig, no lo tengo tan claro. ¿Cómo sesenta y seis páginas han podido convertir una convicción tan asentada en una afirmación vacilante? Platón dijo una vez que "la belleza en el estilo, la armonía, la gracia y el buen ritmo dependen de la simplicidad". McEwan y Echenoz son buenos guardianes de esta certeza aplicada al mundo literario. 

Esta es una de las novelas de Stefan Zweig que no llega a las cien páginas, pero que está lejos de dejar indiferente a ningún lector. Prácticamente toda la novela es una carta que recibe un día un famoso novelista de Viena que se nos presenta como R. Como se habrá deducido por el título del libro, la remitente es una mujer, desconocida por el escritor, que ha estado toda la vida perdidamente enamorada de él. La carta contiene su obstinada espera y su ardiente obsesión que duele por su contraste con la ignorancia del amado, destinatario de tanta adoración (como el amor torturado que se desprendía de las cartas de sor Mariana Alcoforado). Stefan Zweig vuelve a demostrar la inexistencia de la relación entre el número de páginas de un libro y su calidad. Este hombre es un mago de las palabras cuyo truco es su habilidad por meterse en la piel de sus personajes y sufrir con ellos sus pesares y consuelos.

La lectura de esta mini-novela oprime el corazón. Desde la primera palabra desconecté del mundo real y me dejé arrastrar por los intensos sentimientos de una mujer solitaria. La narración lleva al lector a través de un remolino en el que todo encaja, en el que no sobra ni falta una sola frase. El inigualable final deja al lector nostálgico de esa culminación de sentimientos unilaterales, de ese espasmo prolongado que se siente cuando uno se enamora de los personajes de un libro.

En conclusión, no son pocos los síntomas que señalan que estás ante una obra maestra; desconexión absoluta de la realidad, piel de gallina, ojos húmedos, sensación extraña en el estómago, latidos acelerados, tendencia a leer en voz alta para disfrutar aún más de la musicalidad de la palabra escrita... Todos se han dado en este caso, es por esto que no dudo en recomendar este pequeño e inolvidable brillante de la literatura. Ya estáis tardando en leerlo.