Las últimas voces soviéticas
de la Segunda Guerra Mundial.

Últimos testigos, de Svetlana Alexiévich


«La primera en irse fue nuestra maravillosa madre, después murió nuestro padre. Percibimos, sentimos al instante que a partir de entonces éramos las últimas. Estamos en esa línea... En esa frontera... Somos los últimos testigos. Nuestro tiempo se acaba. Tenemos que hablar... nuestras palabras serán las últimas...»


Yo fui el último de tres hijos, por lo que ya hacía tiempo que en mi familia no vivíamos una Navidad con niños. Pero este próximo 25 de diciembre será el primero de mi sobrina, que aún no ha cumplido el año, y tengo la sensación de que la magia volverá a nuestra casa. Evidentemente, ahora aún no tiene edad para entender nada, pero se acercan las Navidades en las que el Tió cagará dulces a golpe de palos y villancicos (una tradición catalana), los poemas navideños volverán a endulzar el postre, y a principios de enero volverán los Reyes Magos, que recorrerán la calle grande de la ciudad aún con arena del desierto oriental en los pies, e irán casa por casa dejando regalos y dando a sus camellos la leche y las galletas que les dejamos para recompensarles tan largo y fatigoso viaje. Con los niños nace la magia, muy especialmente en estas fechas tan señaladas que se acercan. Y mientras leía el libro que os traigo hoy no podía evitar contrastar esta realidad, esta suerte, con la de muchos niños que crecen en una guerra. Cómo la miseria y la muerte les cortan las alas, matan su inocencia, concluyen anticipadamente su infancia. El conflicto en Siria provocó solo en 2011 la huida masiva de cuatro millones de personas a Europa en busca de paz, seguridad, prosperidad y esperanza, entre toda esta gente hay muchos niños. Estos niños han visto morir a sus amigos y familiares, han visto cómo sus hogares quedaban reducidos a escombros, están enfermos, están hambrientos. Estos niños ni siquiera piensan en ir a la escuela o en jugar, solo quieren vivir. ¿Quién no se acuerda de Aylan, su cuerpo inerte a la orilla de una playa turca?

¿Cómo puede ser que la Unión Europea esté dando la espalda a toda esta gente, a todos estos niños?  ¿Cómo puede ser que España sólo haya acogido a 516 refugiados de los 17.387 que se comprometió a acoger? ¿Cómo puede ser que en el siglo XXI estemos ignorando las voces de estos niños? Organizaciones como Save the Children los ayuda, y os invito a todos a hacer una donación para ayudarlos en su misión no sólo de salvarlos, sino también de salvar su infancia o lo que quede de ella. En cada conflicto armado hay niños que, sin tener la culpa de nada, lo sufren, lo pierden todo, se ven obligados a renunciar a su inocencia y a su infancia para sobrevivir. También pasó en la Segunda Guerra Mundial, más conocida por los soviéticos como la Gran Guerra Patria. Galina Fírsova lo recuerda: "tenía tantas ganas de vivir...". El libro que os traigo hoy recoge las voces de esos niños que sobrevivieron a esa guerra, pero yo no he podido dejar de pensar ni un momento en los niños que deben estar viviendo lo mismo a día de hoy. Hoy os traigo Últimos testigos, de Svetlana Alexiévich.


Si algo no se puede decir de la ganadora del Nobel de Literatura del año pasado es que todos sus libros son iguales, aunque pueden parecerlo. Todos sus libros comparten la estructura que se ha convertido en la seña de identidad de Svetlana Alexiévich. Una vez más, el lector va leyendo diferentes voces, algunos cortos y otros más largos, de diferentes testigos de un momento histórico. Todos los libros de Alexiévich comparten el mismo estilo directo, breve, sencillo y desgarrador. Los lamentos, las anécdotas y los recuerdos descarnados se suceden en un mar de voces que temen mirar hacia el pasado tan oscuro como ineludible. Sin embargo, la autora se centra en cada uno de sus libros en un aspecto diferente. Si en Voces de Chernóbil hablaban los testigos de ese desastre nuclear, en Los muchachos de zinc los de la guerra de Afganistán y en La guerra no tiene rostro de mujer la experiencia de las mujeres soviéticas en la Segunda Guerra Mundial, Últimos testigos se centra en cómo vivieron esta guerra y la invasión de los nazis los niños soviéticos. Una vez más Alexiévich da voz a los sin voz.

En la Unión Soviética la invasión del III Reich dejó 27 millones de muertos, así como 1.710 ciudades y más de 70.000 pueblos completamente destruidos. En la región de Smolensk los combates fueron tan despiadados que el río Dniéper que surca la zona quedó muchas veces teñido de rojo por la sangre. Durante los veintiséis meses de ocupación, los alemanes dispararon y torturaron a más de 135.000 soviéticos, muchos de ellos niños. Cuando todo empezó, algunos no entendían qué quería decir el vecino cuando anunciaba la guerra a gritos por la calle, y otros lo celebraban convencidos de que sería como sus juegos del patio, una oportunidad para convertirse en un héroe soviético como los que protagonizaban las películas del cine, ninguno llegó a imaginarse el significado real de la palabra "guerra", aunque no tardaron en descubrirlo. Algunos vieron cómo sus padres eran asesinados ante sus ojos, otros se alistaron para ir a luchar al frente, otros hicieron cosas indecibles para aplacar el hambre extrema, otros esperaban a sus padres en orfanatos atestados de niños perdidos...

RIA Novosti

Lo que se ha hecho más duro de este libro es que se trata de vivencias de niños que, aun sufriendo los peores males de la guerra, no entendían qué era lo que sucedía. ¿Cómo puede entender un niño que ha vivido siempre en paz que sus padres de repente estén muertos, que se ha quedado completamente solo y de él depende sobrevivir a la guerra? Los niños soviéticos que fueron al frente después de la Victoria les costaba relacionarse con otros niños, controlar su violencia, olvidarse de la jerarquía militar a la que se habían sometido y volverse a convertir en un niño cuyo objetivo principal sea marcar un gol, y no matar al enemigo. Últimos testigos contiene traumas, reflexiones y anécdotas realmente inolvidables. Es imposible, por poner un ejemplo, olvidarse de la niña que le explotó una granada al mecerla como una muñeca:

"La hijita de los vecinos, con tres años y dos meses... Se me quedó grabado... Su madre, encima de su ataúd, no dejaba de repetir: «Tres años y dos meses... Tres años y dos meses...». Resulta que la niña encontró una granada. Y se puso a mecerla igual que a una muñeca. La envolvió con un trapito y la mecía... Una granada es pequeña, como un juguete, pero pesa. La madre corrió, pero no llegó a tiempo..."

Es realmente escalofriante comprobar cómo los niños integraron la guerra en su rutina, y cuando llegó la paz no sabían como superar la realidad con la que habían crecido. Vasia Saúlchenko lo explica: "A nuestro alrededor siempre había muertos, vivíamos entre muertos. Incluso nos habíamos acostumbrado." Pero no todo era oscuridad y, como siempre en las situaciones extremas, también aparece la generosidad humana, muchos hombres y mujeres se sacaban el pan de la boca para salvar a los niños, fueran o no sus hijos, adoptaban a huérfanos, los escondían de los nazis, los adultos intentaban salvar la inocencia de los niños.


En conclusión, Últimos testigos recoge las últimas voces soviéticas de la Segunda Guerra Mundial, las de los niños que vivieron y sufrieron la sangrienta invasión de los furiosos alemanes. A través de sus voces, de sus recuerdos y anécdotas el lector se mete en la piel del niño al que arrebataron la infancia, de la niña hambrienta con remordimientos, del niño que lucha por sobrevivir, de la niña que ve a sus padres morir, del niño que no entiende, de la niña que se esconde para huir de la muerte. Sin duda una lectura imprescindible. Esto no es sólo pasado, también es presente. No creo (o no quiero creer) en la historia circular, en que siempre volvemos a caer en los mismos errores y en las mismas masacres, pero esto está sucediendo hoy a muchos niños, que intentan escapar, y en tus manos está hacer algo.

"Soy padre; mi hijo ya es un hombre adulto. Cuando él era pequeño, me torturaba un pensamiento: ¿qué pasaría si intentaba contárselo?... Hablarle de la guerra... Él me hacía preguntas, pero yo evitaba el tema. Me gustaba leerle cuentos, quería que tuviera infancia. Ya se ha hecho mayor, pero sigue sin apetecerme hablar de la guerra con él. Tal vez algún día le cuente mi sueño. Tal vez... No estoy seguro... Con eso destruiría su mundo. Un mundo sin guerra... La gente que no ha visto a una persona matando a otra es otro tipo de gente..."



Comentarios

  1. ¡Holaaaa!

    Yo tengo este pendiente. A ver cuándo lo consigo, que me he puesto de propósito ir coleccionando estos libros porque me encanta lo que está haciendo la editorial con ellos. :)

    Nea.

    ResponderEliminar
  2. Una lectura dura por lo que cuentas, de momento lo dejo pasar que me apetecen lecturas más ligeras.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Esgarrifador. Me l'apunt. A veure si aquest any que ara començara llegeixo algun llibre de l'autora.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario