Los cien años de soledad del dictador.

El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez


"Aprendió a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubría en el transcurso de sus años incontables que la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad, había llegado sin asombro a la ficción de ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad cuando se convenció en el reguero de hojas amarillas de su otoño que nunca había de ser dueño de todo su poder."

Fidel Alejandro Castro Ruz, más conocido como Fidel Castro, murió el pasado 25 de noviembre a los noventa años de edad. Su otoño coincidió con el otoño europeo, sesenta años después de que desembarcara a Cuba con un grupo de rebeldes provenientes de México en 1956 para llevar a cabo la invasión guerrillera. Se hace con el poder tras encabezar la Revolución cubana, que derrocó la dictadura de Fulgencio Batista, e instauró el marxismo estableciendo así el primer Estado socialista de América. Camaradas cubanos, el último revolucionario, el diputado de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el primer secretario del Partido Comunista de Cuba, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el primero primer ministro y después presidente de Cuba, ha muerto. Después de que lo hayan intentado asesinar más de seiscientas treinta y ocho veces, y ocho años después de que delegara de forma definitiva todos sus poderes nacionales a su hermano Raúl, Fidel Castro ha fallecido. Esperamos que con él, "el tiempo incontable de la eternidad", en el cual ha imperado la vulneración continua de los derechos humanos más básicos, la censura más estricta y el ahogo económico más mortífero, se termine en Cuba.

El Gobierno decreta nueve días de luto nacional, miles de cubanos, ancianos y estudiantes, acuden al Memorial de la Plaza de la Revolución de La Habana para llorar su pérdida, un coche fúnebre recorre -a una velocidad un tanto incoherente con la solemnidad que requiere el momento- el interior del país, el ejército dispara salvas de cañón en homenaje al dictador, primeros ministros, presidentes, representantes y reyes extranjeros aterrizan a la isla para escuchar los homenajes cansados de su funeral. Y después, cuando todo acabe, cuando Cuba empiece a andar sus primeros pasos sin los discursos pausados del revolucionario barbudo que sustituyó las condecoraciones nacionales y los uniformes militares por el chandal arrugado, cuando Castro se convierta en una reliquia de otro tiempo, en un héroe nacional aborrecido, en un mito legendario anticuado, en un himno sin letra, ¿quién lo va a recordar? ¿Quién va a recordar al Fidel real? No al de los discursos vehementes y discordantes, no al de las ceremonias solemnes, no al de las entrevistas políticas, ¿quién recordará al Fidel Castro como ser humano, con sus miedos, sus pasiones, sus amores y sus manías? ¿Murió solo, sin autoridad y sin gloria, o rodeado de los suyos, los que lo querían por quien era y no por su poder y sus condecoraciones militares o sus discursos políticos? Nunca pensé que llegaría a hacer este tipo de reflexiones, hasta que leí el libro que os traigo hoy.

Seguramente cuando Gabriel García Márquez escribió El otoño del patriarca no tenía en mente a Fidel Castro, pues les unía una amistad "intelectual" que llevó a Vargas Llosa a llamar "lacayo del régimen" al Nobel colombiano. García Márquez decía que Castro tenía una empatía y una capacidad de escuchar impresionante, que cuando estaban juntos casi siempre hablaban de literatura. De hecho, teniendo en cuenta el dónde lo escribió (Barcelona) y el cuándo (1975) seguramente se inspiró más en la figura agónica de Francisco Franco y, se especula, de Rojas Pinilla, un dictador colombiano. Aun así, cosas del destino, el protagonista del libro tiene un parecido increíble con el líder del régimen cubano (o con cualquier dictador que no haya sido derrocado). Hoy os traigo El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez.


La historia arranca con la muerte de Zacarías, un viejo dictador que sin educación escolar alguna fue colocado en la presidencia de un país situado a las orillas del Mar Caribe tras un golpe militar financiado por los ingleses y pasó a ser mantenido en el poder por los "gringos". Tras cien años con el poder absoluto de la nación, después de una vida llena de penurias para mantenerse en el poder, ve cómo se acerca el final y se pone a recordar sus amoríos desesperados, las traiciones que ha sufrido, las últimas palabras de su idéntico Patricio Aragonés, su matrimonio con la novicia Leticia Nazareno, los recuerdos con su canonizada madre Santa Bendición Alvarado de los pájaros, los dictadores derrocados en los países vecinos que eran acogidos por Zacarías y los azares que han marcado su ya agónica dictadura.

Si de algo habla esta novela es de la terrible y melancólica soledad de un opresor. Es asombrosa la magia de la buena literatura, que es capaz de presentarte a un vil e infame dictador que ha ordenado asesinar a mucha gente para mantenerse en el poder, que ha condenado a un país a la pobreza y a la ignorancia y ha sujetado la vida de sus ciudadanos a sus cambios de humor radicales e impredecibles, y hacer que lo compadezcas, que sufras su soledad y su decadencia, que recorras con él los vacíos salones de la casa presidencial, sentir en tu propia piel cada traición y cada amor perdido que padece el melancólico presidente. Definitivamente es asombrosa la magia de la buena literatura, que ha originado dentro de mí esa lucha constante entre el ruin dictador que es capaz de hacer las más perversas barbaridades (como servir asado y en bandeja de plata al jefe de su guardia) y el anciano pesaroso que se unen en el despótico y desalmado protagonista, un maltratador maltratado.

Zacarías -se menciona una sola vez su nombre en toda la novela- encarna el perfil del dictador, enfermo, atormentado y asfixiado por su propio poder. Gabriel García Márquez retrata a la perfección el orgullo herido de un dictador venido a menos que se conserva en el poder más por temor que por otra cosa, y explora su intimidad, sus manías sexuales, sus amores, sus vergüenzas, sus supersticiones y su incultura, desnudando al respetado y endiosado patriarca que el pueblo se cree que es hasta mostrarlo como lo que es: un anciano miserable que ha dedicado su vida a esquivar y vengar traiciones, odios y engaños, que ha perdido todo lo que un día podría haber llegado a querer, que ha vendido su país, por un sentimiento de mano y supremacía que, cuando llega, está vacío y podrido.

Gabriel García Márquez siempre había dicho y repetido que El otoño del patriarca era su favorita de entre todas sus novelas y, sin duda, en la que más trabajo y esfuerzo invirtió. Aunque quizás no comparte su postura en lo primero, sí en lo segundo; la escritura de este libro debió ser de todo menos fácil. Con una densidad y profundidad que nunca había visto en ninguna obra de Gabo, El otoño del patriarca me ha recordado al realismo mágico exaltado de Miguel Ángel Asturias. La novela se divide en seis grandes capítulos en los que los puntos y las comas brillan por su ausencia, diferentes personajes, conocidos o anónimos, concretos o difusos, van tomando la palabra libremente y sin avisar, el tiempo narrativo se desdibuja, dejando frases sin terminar, cambiando de tema y narrando, sin orden alguno, con el mismo caos con el que cruelmente gobernó, la vida del dictador solitario y sin escrúpulos.

El pulso narrativo de García Márquez en esta obra es sencillamente impresionante, muy intenso, con comparaciones, metáforas y expresiones tan extravagantes como llenas de fuerza. Esta es una de las novelas del genio colombiano donde el realismo mágico es más intenso y hace que los extranjeros puedan comprar el mar de un país y llevárselo, y, sobretodo, ayuda a mitificar la figura del protagonista, confiriéndole poderes absolutos sobre el pueblo y los elementos en su país. No es esta, sin duda, una novela fácil de leer, sino que requiere mucho esfuerzo del lector, que hipnotizado irá pasando las páginas asombrado por la imaginación y la intensidad del relato que, al igual que El amor en los tiempos del cólera, empieza por el final.

En conclusión, seguramente la intensidad del estilo narrativo, que explora los límites de la literatura cambiando constantemente de tiempo y narrador, con capítulos largos y extensas frases, impida que algunos lectores disfruten con esta lectura. Sin embargo, habrá otros lectores, a los que humildemente me sumo, a los que les fascinará esta historia de un dictador miserable, viejo y solitario y la imaginación e intensidad de la narración. Una novela atrevida que exalta el realismo mágico y explora las intimidades de un patriarca desgraciado e infeliz. Un libro que viene a confirmar por qué García Márquez es, y creo que será por mucho tiempo, mi escritor favorito.



Comentarios

  1. Sé que no tengo perdón pero no he leído nada García Marquez y, siendo sincera, no es un autor que me llame y no creo que me anime con este libro.
    Un saludo.

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  2. ¡Magnífica reseña, Jan! Enhorabuena.
    Al igual que Maren, yo tampoco he leído, aún, a García Márquez, pero prometo enmendar el error.

    Besos.

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  3. Gran reseña! Y la de tiempo que lleva este libro en mi estantería esperando ser leído. Le acabas de dar un buen empujón.
    Besotes!!!

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  4. Tu introducción es magnífica Jan, escribes con mucha pasión. Definitivamente tendré que hacerme con esta novela. Fantástica reseña.

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