Bibliofilia viajera 6: Eliot's Bookshop (Toronto, Canadá)

viernes, 29 de abril de 2016




Eliot's Bookshop es de estas librerías que pasan desparecibidas. Al principio, cuando busco información en Internet y veo que está situada en Yonge Street, la calle principal de Toronto, pienso que va a ser céntrica. Sin embargo, no me fijo en el dato del número: 584. Este despiste se traduce en una caminata muy larga. Poco a poco los cines, los centros comerciales, las marcas, las oficinas y las plazas van desapareciendo. También la gente con la que me cruzo por la calle cambia, las aceras van disminuyendo para dejar espacio a la carretera, ¿estoy saliendo de Toronto? Empiezan a aumentar exageradamente los clubs de streptease y los videoclubs de películas pornográficas. Cuando estoy a punto de dar media vuelta, convencido de que allí no puede hallarse la librería de la que he leído, la encuentro. Entre un videoclub de películas pornográficas y unas oficinas de asistentes chinos. Una fachada discreta, verde, las letras de la librería poco alineadas, en el aparador luce una hermosa colección de los cuentos de Hans Christian Andersen.

Y cundo entras, laberinto de libros, templo de las letras, tres pisos de desorden literario. Uno se desorienta adrede, se pierde felizmente en ese embrollo infinito de historias. Si vais a Toronto, no os olvidéis de pasaros por este escondite de lectores.



















Las deudas del cuerpo, de Elena Ferrante

domingo, 24 de abril de 2016


"Llegar a ser. Frase verbal que siempre me había obsesionado, pero en la que reparé por primera vez en esa circunstancia. Yo quería llegar a ser, aunque jamás había sabido qué. Y había llegado a ser, no cabía duda, pero sin un objetivo, sin una auténtica pasión, sin una resuelta ambición. Había querido llegar a ser algo -ese era el punto- solo porque temía que Lila llegara a ser a saber quién, dejándome a mí atrás. Mi llegar a ser era un llegar a ser siguiendo su estela. Debía proponerme llegar a ser, pero yo sola, como adulta, fuera de ella".

Lo que empezó siendo una apuesta algo vacilante se ha acabado por convertir en unas de las mejores lecturas en lo que va de año, e incluso de todo lo reseñado en este humilde blog de literatura. Aunque, al menos en un principio, la saga "dos amigas" (también llamada tetralogía de Nápoles) se vendió como una historia para mujeres o sobre la amistad femenina, el libro está rompiendo todas las fronteras. Ha sido una ola editorial a nivel mundial imparable. Y a mí, cuando una lectura me apasiona, no puedo dejar de leer y recomendarla (pero recomendar en el sentido más violento de la palabra: parar a alguien por la calle, zarandearlo y gritarle a la oreja que lea a Elena Ferrante sin más dilación). Como ya os conté anteriormente me he obligado a dosificar mi adicción por Ferrante con el propósito imponiéndome leer un libro suyo por mes. Hoy os traigo la tercera y penúltima parte de la saga "dos amigas", Las deudas del cuerpo, de Elena Ferrante.

Catherine, de Patrick Modiano

jueves, 21 de abril de 2016


"Con gafas no se hace ballet. Recuerdo que en la época de Madame Dismailova me pasaba el día entero haciendo prácticas de no llevar gafas. Los contornos de las personas y de las cosas perdían por completo su definición, todo se volvía borroso y hasta los mismos sonidos se hacían cada vez más apagados. El mundo, cuando lo veía sin gafas, ya no tenía asperezas, era tan suave y tan acariciante como una gran almohada de plumón en la que apoyara mi mejilla, y acababa por dormirme."

Desde que me propuse leer algo de todos los últimos premiados por el Nobel de la Literatura, Patrick Modiano es el que con menos he conectado. A pesar de que sus obras suelen ser cortísimas, se me hacen largas debido a la gran cantidad de personajes y al ritmo pausado de sus historias nostálgicas. Es por esto que, cuando vi que Blackie Books publicaba un cuento infantil suyo, lo descarté por completo. Sin emabargo, el hastío que padecí en sus novelas empezó a cicatrizar y la promesa de un cuento ilustrado por Sempé, con el que tan bien me lo pasé de pequeño leyendo las aventuras del pequeño Nicolás, me empujaron a hacerme con este libro. Hoy os traigo Catherine, de Patrick Modiano.

Salvar a Mozart, de Raphaël Jerusalmy

domingo, 17 de abril de 2016



"Le tengo horror al viernes. Filete de bacalao y patatas cocidas. El hijo del portero ha ido a comprarme doscientos gramos de salchichas de sesos. A escondidas. Me doy un festín en mi habitación. Afuera está gris. La luz es triste.
Nunca he escrito un diario. Hasta ahora, No estoy seguro de que esto sea una buena idea."

He acabado por seleccionar ciertas colecciones de libros y me he comprometido -sí, conmigo mismo, cosas de lectores, vosotros ya me entendéis- a leerlas siguiendo un escrupuloso orden de fecha de publicación. Una de estas, como no podría ser de otra manera, fue la de Los ineludibles, la colección de la editorial Navona que busca joyas desconocidas de la literatura. Y no solo esto, también los dota de un minimalista y precioso diseño con tapas duras de tela. Así pues, voy a por mi tercer ineludible, cuyo enigmático título ya llama la atención y del que había leído grandes alabanzas en la blogosfera literaria; Salvar a Mozart, de Raphaël Jerusalmy.

La lucecita, de Antonio Moresco

jueves, 14 de abril de 2016



"Sólo cuando la oscuridad se hace aún más densa y empiezan a iluminarse las primeras estrellas, al otro lado de esta estrecha garganta cortada a plomo, en un trecho más llano de la cresta  de enfrente, hundido entre los bosques como una silla de montar, cada noche, cada noche, siempre a la misma hora, de repente se enciente una lucecita".

Hay libros cuya sinopsis ya te atrapan. Con La lucecita me sucedió exactamente esto. No conocía  su autor, Antonio Moresco. Tampoco la portada ni el título me llamaron la atención. Sin embargo, al leer la contraportada una parte de mí se sacudió y exigió entrar en el mundo que, intuía, contenía esta novela. Así, corrí a la librería que tenía más cercana y me hice con él. Hoy os traigo La lucecita, de Antonio Moresco.


El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza

martes, 12 de abril de 2016


"– Señorita Peraplana -dije atropelladamente-, sólo tenemos unos instantes. Procure escucharme con toda atención. No soy recadero de la joyería Sugrañes. No creo siquiera que exista tal firma comercial. Este paquete contiene sólo unas latas vacías y no cumple otro propósito que el de permitirme la entrada en esta casa, allanamiento que he osado cometer para poder hablar con usted en privado. No tiene nada que temer de mí. Soy un ex delincuente, libre sólo desde ayer. Me busca la policía para encerrarme otra vez en el manicomio, porque creen que estoy envuelto en la muerte de un hombre o quizá de dos, según si los de la metralleta acertaron o no al jardinero. También ando metido en un asunto de drogas: cocaína, anfetaminas y ácido. Y mi pobre hermana, que es puta, está en chirona por mi culpa. Ya ve usted en qué dramática tesitura me hallo. Repito que no tiene nada que temer: ni estoy loco como pretenden ni soy un criminal. Cierto es que huelo un poco a sobaco y a vino y a basura, pero todo ello tiene una explicación muy sencilla que le daría de mil amores si dispusiera de un tiempo del que por desgracia no dispongo. ¿Me sigue usted?"

El otro día alguien me preguntó cuál era mi escritor español favorito (y que escribiese en español, no en catalán). Me quedé pensando un rato, y contesté que Javier Marías, del que me encantan todas las obras que han caído a mis manos. Sin embargo, en el momento previo a contestar, buscando los candidatos me percaté de la poca literatura española que he leído. Por esto, decidí enmendar tan grave error empezando por una de las sagas literarias españolas que más han triunfado por todo el mundo, escrita por el ganador del último Premio Franz Kafka -del que se dice que suele preceder al Premio Nobel-, esas aventuras que tiene como protagonista a un detective loco y sin nombre. Hoy os traigo el primero de la saga, El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza.

La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich

sábado, 9 de abril de 2016


«Por las calles de la ciudad vagaba una mujer demente… Nunca se lavaba, ni se peinaba. Mataron a sus cinco hijos. A todos. Los mataron de formas distintas. A uno le dispararon en la cabeza, al otro en el oído…
» Se acercaba a un peatón en la calle… A uno cualquiera… Y le decía: “Te contaré cómo mataron a mis hijos. ¿Por quién empiezo? Por Vasia… ¡Le dispararon en el oído! Y a Tolia, le dispararon en la cabeza… A ver, ¿con quién empiezo?”.
» Toda la gente huía de ella. Estaba loca, por eso podía contarlo…».
Antonina Albértovna Vizhútich,
partisana, enfermera.

La ternura de los lobos, de Stef Penney

martes, 5 de abril de 2016


“Si fueran a concederme un deseo, pediría que esta noche no terminara… Con tal de que yo pueda estar así, rozando con los labios un triángulo de piel cálida para que él sienta mi aliento. No merezco que se me concedan mis deseos, pero lo cierto es que poco importa si lo merezco o no…”