La uruguaya - Pedro Mairal


Querida A.,

Una noche en Roma, mientras bebíamos cerveza en una terraza de un bar del centro histórico, se me ocurrió decirte en voz alta una idea que últimamente me había estado rondando por la cabeza. No sé si te acordarás. Te dije que quería ser escritor, que quería ponerme a escribir mi propia novela, te dije que sería completamente diferente a cualquier cosa que se hubiese visto hasta el momento en la historia de la literatura, que ampliaría el horizonte de la ficción, haría temblar las normas que regían al resto de escritores. Te lo solté de sopetón y de una forma apasionada, intentando transmitirte el entusiasmo de liberar esta ilusión y entregarme a ella, de capturar todo lo que contemplaba en mis paseos nocturnos por la ciudad eterna y eternizarlo yo y a mi manera a través de las palabras escritas, crear una historia que me sobreviviera, inmortal, cuyos personajes vivirían para siempre en los corazones aventureros de los lectores más intrépidos y atrevidos. Yo seguía hablando, viendo cómo me mirabas con aquellos ojos felinos, quietos, pacientes, atrasando el inevitable final de mi monólogo porque veía cómo estabas pensando ya la manera que me haría el menor daño posible tu infausta llamada al sentido común, el epílogo que pondría punto y final a mis vanas ilusiones. Como no acababa, decidiste interrumpirme. "Tú no puedes ser escritor", me dijiste. Silencio. Palabras tan grises como el humo de cigarro que salía de tu boca: "Para ser un buen escritor, para hacer el tipo de literatura que quieres hacer, debes estar perdido, desorientado y solo. Y tú no estás suficientemente perdido, estás demasiado orientado y no sabes estar solo".

Lo cierto es que aún no he conseguido escribir más de diez páginas seguidas que valgan la pena. Mientras tanto me refugio en la lectura, a través de la cual recientemente he conocido a un escritor que, a diferencia de mí, está suficientemente perdido, desorientado y solo para, según tú, hacer buena literatura. Se trata de Lucas Pereyra, un escritor argentino de unos cuarenta años que se dispone a viajar a la capital del país vecino, Uruguay, para recoger el dinero de los anticipos por su próxima novela, eludiendo así las restricciones cambiarias de su país. Tras de sí deja la ciudad de Buenos Aires y una vida que hace aguas por todas partes. Las deudas se acumulan, sospecha que su mujer se entiende con otro hombre ("Se acumularon esas llegadas tarde, después de comer, a la una, a las dos de la mañana, y te oía desde la cama en el baño dejando correr mucho el agua, mucha actividad de jabón, sacándote el maquillaje, bidet, cepillo de dientes") y la confianza entre ambos ha desaparecido ("Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy muy cuidadoso con eso"). En definitiva, deja tras de sí una vida en la que se siente atrapado, que sin irla a buscar lo ha arroyado imperceptiblemente:

"Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos... ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea".

En cambio ante él, al otro lado del río de la Plata ("nunca tan bien puesto el nombre"), le espera la luminosa ciudad de Montevideo y en ella la cuenta donde le esperan los anticipos de las editoriales de España y Colombia que han comprado los derechos sobre su próxima obra. Lucas se dirige como un ansioso náufrago a este dinero que es su salvavidas, un balón de oxígeno para su matrimonio en crisis, lo que solucionará todos sus problemas financieros, lo que le dará unos meses para dedicarse exclusivamente a escribir. "Quería estar solo y creía que la soledad costaba mucha plata, implicaba mucamas haciendo las cosas que yo no quería hacer. Me sentía el pobre entre los ricos, el mendigo de los countries, el colado por un rato en la guita de los otros. Quiero mis dólares ya. Escribir escuchando que alguien pasa la aspiradora en algún cuarto de la casa, y no ser yo. Eso me parecía un lujo."

Pero, mi queridísima A., como tú bien habrás sospechado ya, Lucas no solo cruza el río de la Plata con la esperanza de recoger plata, sino también con el deseo de encontrarse con la uruguaya. Nada estimula tanto a un hombre como el dinero y el sexo. Y sé que en este punto tú estarás pensando que cómo espera Lucas resolver su matrimonio siéndole infiel a su mujer, sé incluso cómo me lo expresarías (¡es como agarrarse al salvavidas con chinchetas en las manos!). Pero la literatura no está para juzgar, sino para comprender, no está para alabar el sentido común, sino para contemplar una perspectiva, una realidad diferente. El ser humano es un ser emocional, no racional. Yo comprendo que para Lucas existen dos vidas, dos mundos, el de Buenos Aires y el de Montevideo, el de lo gris y el de colores, el de lo ordinario y el de lo extraordinario, el de la monotonía y el de los sueños, el de la prisión y el de la libertad. "Como en los sueños, en Montevideo las cosas me resultaban parecidas pero diferentes. Eran pero no eran." Y la uruguaya es la que, como una sirena, guarda este segundo mundo lleno de luz, su nombre es Magalí Guerra Zabala, "flaca con energía terrestre, nada volátil, un tren bailando, cuando la agarraba de las manos y giraba, o le hacía un falso trompo envuelta en mi brazo, una chica de armas llevar, presente y al choque, flequillo rollinga, el pelo mojado, mini de jean, remera floja sobre el corpiño de la bikini y descalza. Todo el verano descalza. Qué mujer más hermosa, qué demonio de fuego me brotó de adentro y se me trepó al instante en el árbol de la sangre." Guerra, estrella inalcanzable, cuerpo escurridizo, alma de Montevideo, deseo dulce y prohibido, misterio eternamente sin resolver. Tú una vez fuiste esta estrella, A. Iluminabas las calles de Barcelona con tus risas y cuando nos despedíamos la oscuridad se cernía sobre mí. Solo me he sentido dos veces completamente perdido en mi vida: cuando te conocí -perdido en un paraíso- y cuando te fuiste -perdido en un agujero negro-. Lucas vive en dos ciudades, en dos mundos, está perdido en ambos, tanto en el paraíso como en el agujero negro, tanto en la luz como en la oscuridad.

Pedro Mairal más que escritor es hipnotista. Consigue hipnotizarte con sus frases interminables y sus usos lingüísticos argentinos. Consigue establecer una conexión entre tú y el narrador -el mismo Lucas-, consigue que te identifiques con él, que te pierdas con él, que des la espalda al sentido común con él, te dejes llevar por las circunstancias con él, aborrezcas su matrimonio con él ("En qué momento se fue volviendo paralítico el monstruo que éramos vos y yo?"), te enamores de la uruguaya con él, ansíes poseer el cuerpo joven e inmortal de Guerra con él. Consigue convertirte en Lucas Pereyra, seas quien seas, sean cuales sean tus circunstancias. Solo un escritor valiente como Mairal podría describir el ahogo en la monotonía, de la ordinariez, de esta manera:

"Muchas noches pasaba eso. Me quedaba despierto boca arriba, sintiéndote respirar y escuchando la gota que empezaba a sonar como a las dos de la mañana y que nunca supimos donde caía, parecía el ruido exacto del insomnio, la gota del inconsciente. Lo más irritante era que no fuera regular, era impredecible, y se estaba acumulando en algún lado, formando seguramente un charco, una humedad, pudiendo el yeso, el cemento, debilitando la estructura."

Sin embargo, esta novela también me ha hecho reflexionar sobre lo que me dijiste aquella noche. No estoy de acuerdo contigo, no creo que para ser un buen escritor -que para crear el tipo de literatura que me gusta- tengas que estar perdido, desorientado y solo. Lucas Pereyra -alter ego de Pedro Mairal, afirmo sin ninguna prueba ni indicio concluyente- está perdido, desorientado y solo y en cierta manera esto se traslada en la novela haciendo que la narración no tenga un rumbo concreto. Cuando lo acabé me quedé con la sensación de haber leído una novela muy bien escrita pero sin demasiado contenido, una historia que me ha trasladado muy bien a la piel de su protagonista y narrador pero cuyo final me ha dejado más indiferente de lo que esperaba. En cierta manera lo salva a tiempo el hecho de que tenga menos de ciento cincuenta páginas, acabas la novela antes de cansarte de ella. No, no estoy de acuerdo contigo. Creo que efectivamente el escritor necesita estar perdido y solo, pero nunca desorientado. Aunque no es necesario que sepa donde se encuentra, sí debe saber con exactitud hacia donde se dirige.


Siempre tuyo,






P.S. ¿Te acuerdas de la primera vez que hablamos? Yo sí. Estoy seguro que tú también, estoy seguro que fue de los pocos recuerdos que te llevaste al otro lado del charco cuando te fuiste. Empezamos hablando de cuál era la mejor cerveza de las muchas que tenían en aquel bar del Born y acabamos discutiendo sobre la vida y la muerte. Al igual que Lucas cuando habla por primera vez con Guerra, "me quedé atrapado en ese diálogo que, como suele pasar en las conversaciones casuales entre desconocidos, se volvió inmediatamente trascendental. El más allá, el reencuentro con los seres queridos, la resurrección, la inmortalidad de las almas, el misterio".



FICHA DEL LIBRO
Título: La uruguaya.
Autor: Pedro Mairal.
Editorial: Libros del Asteroide.
Páginas: 144.
ISBN: 9788416213993.
Precio: 15,95€

MI VALORACIÓN

TE GUSTARÁ SI TE GUSTÓ
La tregua, de Mario Benedetti.
También esto pasará, de Milena Busquets.
Departamento de especulaciones, de Jenny Offill.
Germà de gel, de Alicia Kopf.
Un home enamorat, de Karl Ove Knausgård.


Comentarios

  1. Tus palabras si son hipnóticas ¿Como no sentir curiosidad por el libro? Aunque lo conocía no lo he leído, lo tendré más en cuenta.

    Besos 💋💋💋

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  2. Tu carta sí que es original: ahí tienes el tema de una novela.
    En cuanto a la novela de Mairal, el argumento no me atrae mucho;es algo ya manida el tema del marido en crisis matrimonial que intenta salir de ella mediante una amante. Parece que el verdaderamente perdido es aquel que descubre que la vida es un callejón sin salida. Un saludo

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  3. Preciosa la reseña, no me interesa el libro pero tu reseña me ha atrapado. Un saludo!

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  4. ¿Es posible que esta reseña supere a la propia novela? No lo sé, pero cuando lea la novela daré la respuesta :)

    Muy buena reseña, saludos.

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  5. ¡Hola!

    Es increíble que, aunque no me interese nada el libro, tu reseña me haya atrapado tanto^^

    ¡Nos leemos!
    Lua.

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