No decepcionar a papá.
Leyenda de un suicidio, de David Vann

domingo, 29 de enero de 2017


"Su padre hizo una pausa, y Roy dijo: ¿Y entonces qué?
Con el tiempo los confines se terminaron tocando. Se doblaron y se unieron y formaron el globo, y el peso echó el mundo a rodar y los hombres y las bestias dejaron de mirarse. Entonces el hombre miró al hombre y, como todos éramos tan feos, sin pelo y con bebés que parecían escarabajos patateros, el hombre se dispersó y empezó a matar bestias y vestir su pelaje más bonito.
Ja, dijo Roy. Pero luego qué.
Lo que pasó luego es muy complicado de contar. En algun momento aparecieron la culpa, el divorcio, el dinero y Hacienda, y todo se fue al infierno.
¿Crees que todo se fue al infierno cuando te casaste con mamá?
Su padre le lanzó una mirada que dejó claro que Roy había ido demasiado lejos. No, creo que se fue al infierno un poco antes. Pero es difícil decir cuándo."


Pocas emociones han invadido con tanta fuerza mi interior como el anhelo de no decepcionar a mi padre. El padre, quien de pequeño veía tan grande, tan poderoso, incluso tan misterioso, a veces lejano, otras sorprendente, con opiniones y pareceres contundentes que no admiten réplica alguna, con la severidad del juez más seguro de su equidad y la implacabilidad del policía más vigilante y estricto. El padre, quien marca las líneas rojas, quien, con su entrada en casa después de trabajar, las normas se endurecían. Pero detrás de todo esto el padre, la figura a la que te quieres parecer de mayor, su fuerza, su espíritu, su éxito y sus principios. No decepcionar a papá, no hacerlo nunca, un anhelo nato y automático en nuestro cuerpo del que pocas veces nos damos cuenta, pero que si se nos pasa por alto puede tomar decisiones en nuestro nombre y seguir el camino que siguió papá, y no el que nosotros queremos seguir. Hoy os hablaré de la primera obra de David Vann, Leyenda de un suicidio.

Las ambiciones de Emma.
La señora Bovary, de Gustave Flaubert

lunes, 9 de enero de 2017


"¡Tengo un amante! ¡Tengo un amante!", recreándose en esa idea, como si le hubiese sobrevenido otra pubertad. Por fin iban a ser suyas esas alegrías del amor, esa fiebre de la felicidad con las que ya no contaba. Estaba entrando en algo maravilloso donde todo sería pasión, éxtasis, delirio; la rodeaba una inmensidad azulada; las cumbres del sentimiento le resplandecían en la imaginación, y la vida corriente no se le aparecía sino muy abajo, en la sombra, entre los intervalos de esas alturas."

Hacía ya tiempo que, sin haber leído la famosa novela escrita por Gustave Flaubert, Emma estaba presente en mi vida. La primera vez que supe de esta obra fue en un curso de narrativa del Ateneu Barcelonès, en el que me quedé hipnotizado por el detallismo, la perfección, el realismo y el gran control sobre todos los elementos narrativos que demuestra Flaubert en la primera escena de esta novela, en la que el bueno de Charles Bovary, futuro esposo de Emma, entra torpemente al colegio a sus doce años de edad. A partir de ese momento empecé a oír constantemente el nombre de Emma Bovary, junto al de Anna Karenina, en conferencias, discursos y conversaciones, como referentes literarios femeninos del adulterio. Por esto, aun antes de empezarla, ya sabía más o menos el argumento de esta novela.

Lo que desconocía por completo era el motivo de la dedicatoria inicial de esta obra, motivo que no puedo hacer otra cosa que destacar siendo yo estudiante de Derecho. Flaubert dedicó La señora Bovary "a Marie-Antoine-Jules Sénard, miembro de la Orden de Abogados de París, expresidente de la Asamblea Nacional y Exministro del Interior". Y es que probablemente es gracias a este abogado que podemos leer hoy esta gran novela, ya que defendió a Flaubert en las cortes judiciales ante los censores del gobierno de Francia, que querían prohibir su publicación "por ofensa a la moral pública y religiosa y a las buenas costumbres".

El juicio tuvo lugar en el Palacio de Justicia de París el 29 de enero de 1857. El abogado imperial, Ernest Pinard, de quien más tarde se dijo que era autor de unos poemas eróticos y aficionado a la pornografía, acusó a La señora Bovary de ser una obra obscena, y apenas siete meses más tarde hizo lo mismo con Las flores del mal, de Charles Baudelaire. El día del juicio Pinard destacó una selección de escenas, atendiendo especialmente a lo que dice el texto sin decirlo explícitamente, para concluir que, "aunque la obra es admirable desde el talento, es execrable desde lo moral". Por el otro lado, Sénard se centró en defender que para valorar la moralidad de una obra no se tiene que atender a los pecados y escenas que aparecen en ella, sino en las consecuencias de estos y estas. Finalmente el juez, aun admitiendo muchos de los argumentos del astuto Pinard, no encontró falta bastante a la moralidad para impedir la publicación del libro que os traigo hoy, La señora Bovary, de Gustave Flaubert.